EL MISTERIOSO RATÓN AZUL

Carlitos es el niño más gamberro de la clase de 5ºA. Siempre está metiéndose en líos y creando problemas a los demás. Sus compañeros no se llevan bien con él, porque suele buscar pelea por cualquier motivo. Eso sí, con Vito Garabito nunca se ha peleado y tampoco con los de su pandilla. Los respeta y en varias ocasiones les ha pedido que lo admitan en su grupo, pero nunca ha superado las pruebas de ingreso que Vito y los chicos le han puesto. Carlitos es demasiado inquieto y siempre está maquinando alguna travesura para enfadar a los maestros e interrumpir las clases.

Una mañana, a Carlitos-cara-al-revés, que así le llaman sus compañeros porque no tiene casi nariz, se le ocurrió soltar un ratón en medio de la clase mientras la maestra estaba corrigiendo algunos ejercicios de los alumnos. Lo llevaba metido en su mochila y, cuando vio el momento oportuno, con mucho disimulo, sin decir nada a nadie, lo agarró del rabo y lo dejó caer al suelo. Enseguida el pobre ratoncito empezó a correr de un lugar a otro asustado. Pasaron unos segundos y como nadie se percataba de la presencia del ratón corriendo por allí, Carlitos se lo dijo a Manoli, la chica que estaba sentada delante de él. Esta, al ver al animal intentando meterse en su cartera, dio un grito tremendo: “¡un ratóóóóónnnnn!”.  
De pronto, se armó un gran alboroto en la clase. El griterío de los alumnos era cada vez más fuerte. Se subían en las sillas y las mesas mirando hacia abajo para localizar al ratón. Algunos niños corrían detrás de él para agarrarlo. La maestra miraba para todos lados y preguntaba qué estaba pasando con tanto jaleo. Mandó varias veces callar a los alumnos sin conseguirlo hasta que vio al animal saltando y corriendo por toda la clase. El susto que se llevó fue de espanto. Hizo el ademán de subirse en la silla de un modo instintivo pero no se atrevió por miedo al ridículo que haría si sus alumnos la veían asustada como un niño más de la clase.
Después de unos segundos de indecisión, se fue directa a la puerta para pedir ayuda a algún compañero.
Nada más abrir la puerta, el ratón asustado vio la salida y, con un rápido movimiento, huyó de la clase pasando por debajo de las piernas de la maestra. Esta volvió la cabeza y pudo ver cómo el animal se perdía al final del pasillo de las clases. Entonces dio un portazo y, cruzándose de brazos delante de los niños, ordenó silencio absoluto.  
—¿Quién ha sido? —dijo con tono amenazante y muy enfadada.
En ese momento apareció la cara de don Prudencio, el director, tras el cristal de la ventana que daba al pasillo, y la pobre maestra enrojeció de vergüenza. Salió un momento para hablar con él y le explicó lo sucedido.
—Averigüe quién es el causante de este estropicio —le dijo el director—, porque el ratón ha venido de fuera del colegio. La semana pasada se desratizó todo el edificio.
Cuando la profesora se puso a indagar de dónde había venido el dichoso ratón y preguntó a los alumnos, nadie se declaró culpable y, por supuesto, nadie delató a Carlitos como autor de la gamberrada. Este se reía a escondidas, contento por haber salido impune tras la fechoría. Se sentía orgulloso por su hazaña y por ver a la maestra tan enojada. Finalmente, toda la clase se quedó castigada sin recreo. 
La cara de rabia de Vito y de algunos chicos era tremenda, porque ellos sí sabían quién había sido el autor. No era la primera vez que ocurría algo parecido. Como siempre, Carlitos-cara-al-revés tiraba la piedra y escondía la mano.

Vito no estaba dispuesto a que la situación continuara así durante más tiempo y reunió a la pandilla para buscar una solución. No quería convertirse en el chivato de la clase, aunque esta fuera la solución más fácil. Por tanto, había que estudiar otras opciones para que Carlitos-cara-al-revés recibiera su merecido y no volviera a actuar.
—Esto no va a quedar así. Tenemos que hacer algo, pues no es justo que este tío nos fastidie cada dos por tres —dijo Vito a sus amigos.

El plan que acordaron consistía en hacerse amigo de Carlitos-cara-al-revés y así poder conocer sus intenciones. Chaíb sería el encargado de esta tarea pues en ocasiones intercambiaba cromos con Carlitos, que es el que más tiene de la clase, ya que todo el dinero que le da su abuela se lo gasta en paquetes de cromos.

Chaíb estuvo durante varios días hablando y jugando con él. Después de una semana, Carlitos pensó que la del ratón había sido una buena idea y decidió repetir la jugada. Al parecer tenía una jaula-trampa en el desván de la casa antigua de su abuela y de vez en cuando cazaba algún ratón.
—Tiene pensado soltarlo hoy en la clase de lectura, después del recreo —informó Chaíb a la pandilla antes de la entrada a las clases.
—Está bien, chicos, ha llegado la hora de dar su merecido a Cara-al-revés —dijo Vito explicando el plan de acción—. María se quedará en la clase con la excusa de que le duele la cabeza y echará una barrita de tinta en el bolsillo donde Carlitos tiene metido al pobre ratón.
—Nos lo vamos a pasar en grande —dijo Marcos sonriendo.
—Quien juega con fuego, tarde o temprano se quema, o algo así —dijo Tania soltando uno de sus refranes.

Todo sucedió como estaba planeado. Carlitos soltó el ratón en la clase de lectura y, con la emoción, no se dio cuenta de que estaba pringado de tinta azul. El ratón fue dejando un rastro de pisadas azules por donde corría. Los alumnos empezaron la algarabía de gritos, saltos y carreras. Por fin, la maestra abrió la puerta de la clase y el ratón huyó por el pasillo. Carlitos se miró las manos y se dio cuenta de que las tenía llenas de tinta azul, así que las metió enseguida debajo del pupitre para ocultar su culpa. La maestra empezó a seguir las huellas azules del ratón, que iban directamente al sitio de Carlitos.
—A ver, Carlitos, enséñame las manos —dijo la maestra con cara de satisfacción por haber encontrado por fin al culpable.
Vito y sus amigos se miraron sonriendo, pues todo había ocurrido según lo previsto. Después de las clases, Carlitos-cara-al-revés se tuvo que quedar él solito limpiando todas las huellas azules que había dejado el ratón en el aula y los pasillos.
—Seguro que se le quitarán las ganas de hacer más fechorías en la clase —dijo María cuando salían del colegio.
—Por lo menos durante unos cuantos meses estaremos tranquilos —replicó Vito.